18 de octubre de 2012

La Criminal Involuntaria - Capítulo 4


 Cuarto episodio de mi primera historia de bondage original. Encuentran la tercera parte por aquí


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Capítulo 4

Julia había conducido hasta prácticamente salir de la ciudad, avanzaba por un camino desierto hasta que tomó una desviación que la llevó al estacionamiento de una antigua fábrica que estaba abandonada. Hace tiempo el par de ladronas habían encontrado el lugar y desde entonces lo usaban de vez en cuando para ocultarse, nunca ninguna otra persona había pasado por allí, pues el camino no llevaba a otra parte más que a ese complejo industrial que llevaba décadas sin uso y del que probablemente todos se habían olvidado.
Estacionó el auto y bajó a abrir la cajuela donde, sacudida por el viaje en carretera, Griselda cerró los ojos para acostumbrarse a la repentina luz. Aún atada y amordazada Julia la ayudó a salir del portaequipaje.
-Aquí no hay ningún riesgo de que nadie te vea -le dijo a su joven prisionera- tú y yo somos las únicas personas en varios kilómetros a la redonda, pero te voy a dejar amarrada sólo porque me gusta.
Griselda no tenía esperanzas de ser soltada y no ofreció resistencia cuando su captora la tomó del brazo para llevarla adentro de la nave industrial, la chica agradeció sentir la brisa que refrescó su cuerpo, pero esto a la vez la hizo sentirse avergonzada al darse cuenta de lo expuesto que estaba su cuerpo, que sólo era cubierto por la ropa interior que usaba para dormir, aunque no había nadie cerca sentía como si cientos de ojos estuvieran sobre ella.
Pronto entraron a la nave industrial que estaba completamente vacía salvo por una televisión colocada sobre una caja de madera, un viejo sofá, una colchoneta, algunas sábanas, un radio y unas cadenas que colgaban del techo, último vestigio de el pasado industrial del lugar.
-Perdona la humildad del lugar -dijo Julia- sólo amueblamos con lo básico ya que no nos quedamos mucho tiempo, pero estaremos cómodas hasta que tu amiga te rescate.
-¿qué demonios estás haciendo Paulina? -preguntó una incrédula Dulce mientras mantenía las manos alzadas; no entendía como esta muchacha a la que no había visto en años de repente reaparecía en su vida amenazándola con un cuchillo. Frente a ella la joven oficial de policía Inés, quien debía estarla protegiendo había sido sometida y arrodillada en el suelo tenía sus manos encadenadas con sus propias esposas, mismas que Paulina había tomado de su cinturón después de quitarle el revolver.
-Lo que estás haciendo es un crimen niña, aún estás a tiempo de detenerte -dijo la oficial que se preguntaba cómo iba a explicar que una chica tan joven la haya sometido y liberado a una de las criminales más buscadas de la zona.
Paulina mantenía la mirada baja por lo mal que se sentía, pero no dudó y continuó con lo que hacía, encontró las llaves de las esposas de la criminal y se las dio a Dulce al tiempo que le apuntaba con el revolver.
-Libérala.
-No te creo capaz de dispararme.
-¿Quieres arriesgarte?
Dulce dudó, pero acabó por soltar a la prisionera.
-Gracias -dijo esta con una sonrisa sardónica -supongo que mi compañera te envió.
-Sí, si no me hubieran obligado nunca haría esto.
-No te preocupes chica, al final todo se va a aclarar y estarás sin problemas, pero de momento, aunque me odies, tenemos que trabajar juntas para salvar la vida de quienquiera que mi compañera te haya quitado ¿OK?
-Es lo único que quiero.
-Bien, pues empecemos quitándole la ropa a estas señoritas, necesito probarme sus uniformes para ver cual me queda, pues no puedo andar por la calle vestida de prisionera, después las amarraremos y huiremos.
La criminal se acercó a Paulina y tomó el revolver que apuntó a Dulce.
-Ya escuchaste enfermera, quítate tu uniforme.
Dulce asustada se llevó las manos al pecho intentando protegerse y evitar que la desvistieran. Esto no podía estarle pasando.
Julia había desatado las manos de Griselda sólo para volver a sujetarlas, pero ahora frente a ella, luego soltó la mordaza de su boca, aunque esta permaneció atada y colgando alrededor de su cuello.
Julia tomó el mentón de Griselda y acercó su rostro al de ella, viéndola directamente a los ojos -Ahora es cuando voy a empezar a divertirme contigo, y para empezar quiero saber que vas a obedecerme en todo… -quiero que me digas que estás feliz de estar conmigo y de todo lo que haremos juntas.
-Vete al diablo.
-Una oportunidad más chica, dímelo.
-Nunca.
-Bien, tú decides voy a hacer que lo digas te guste o no.
Julia se alejó, tomó la maleta que había llevado con ella desde el auto y la abrió revelando un montón de cuerdas así como otros aparatos que Griselda no conocía, pero que no le daban confianza. La ladrona tomó una larga cuerda, la amarró a las ataduras de las muñecas de la joven y sujetó el otro extremo a una de las cadenas que colgaban del suelo, luego jaló el otro extremo de la cadena e hizo que esta se elevara, obligando a Griselda a alzar las manos sobre su cabeza.
La chica tragó saliva nerviosa, pero mantuvo la compostura.
Julia tomó de la maleta una bola roja con correas y se acercó a Griselda quien se preguntaba para que sería eso.
-última oportunidad de decirme lo que quiero, después ya no podrás.
Griselda sólo la vio en silencio y con desprecio.
-Bien -dijo la ladrona que tomó la bola y la forzó dentro de la boca de su prisionera. Griselda trató de resistirse, pero finalmente tuvo que abrir la boca y la goma roja quedó colocada detrás de sus dientes blancos, era una mordaza, y era bastante incómoda. La chica ahora tenía que mantener la boca abierta y su quijada sentía la presión de mantenerse así, además la bola presionaba su lengua contra la parte de debajo de la boca, evitando que la moviera y pronunciara algo inteligible. Pronto la chica se dio cuenta también que tragar su saliva era problemático.
La joven pensó que eso era todo, pero entonces Julia elevó más la cadena, y ella se elevó con ella hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo, suspendida en el aire, la gravedad la tiraba hacia abajo haciendo que las cuerdas que la ataban se apretasen más de modo que empezaban a lastimarla.
-Mmmmpppphhh -se quejó mientras los dedos de sus pies trataban infructuosamente de alcanzar el suelo que estaba a tan sólo unos centímetros de ella.
-Quédate aquí un rato -le dijo Julia dándole un fuerte empujón que la hizo balancearse -voy a esconder el auto que quedó en el estacionamiento para evitar que alguien lo vea. Cuando vuelva tal vez estés contenta de verme, y si me lo dices tal vez te deje bajar de ahí.
Paulina había dejado que la criminal se hiciera cargo de todo y se apartó para ver la escena, después de todo ella era la que sabía amarrar bien y la que no tenía escrúpulos de atacar a dos mujeres inocentes. Inocente como Paulina, que ahora sólo se cubría con su ropa interior blanca y que tenía las manos atadas a la espalda con las cuerdas que la estudiante había llevado consigo, la criminal la había obligado a acostarse bocabajo en la cama y ahora ataba sus piernas a cada uno de los extremos de el mueble, provocando que tuviera que mantener sus piernas abiertas. Aunque sus calzones le daban discreción la posición no dejaba de ser completamente humillante para una chica que no estaba acostumbrada a mostrarse en paños menores, Paulina deseaba poder hacer algo para que el cautiverio de la enfermera fuera menos traumático, pero no se atrevía a oponerse a la criminal, quien sabía, más adelante la haría pasar a ella por algo similar.
Dulce trataba de contener los nervios y el enojo, cuando la criminal se alejó de ella y se puso a buscar cosas en el botiquín del consultorio levantó la mirada y vio a Paulina con un enorme resentimiento que hizo sentir muy mal a la chica, quien bajó la mirada arrepentida.
La criminal se acercó de nuevo sosteniendo un montón de gasa en una mano y un rollo de vendas en la otra, metió la gasa dentro de la boca de la semidesnuda enfermera y luego rodeó su cabeza con las vendas ajustando muy bien cada vuelta que daba para completar la mordaza. Una vez que rodeó su boca unas diez veces con el vendaje, y dado que aún le quedaba material, la criminal usó el resto para cubrir los ojos de Dulce, completando su bondage. La pobre chica empezó el día llena de ilusiones por la oportunidad recibida, pero ahora quedaba reducida a ser una cautiva incapaz de moverse, ver o hablar.
Inés observó la escena muda, se había mantenido arrodillada y con las manos esposadas sin intentar nada, se decía a si misma que era para no poner en riesgo a la enfermera, pero la verdad es que era joven y no tenía la experiencia ni la seguridad necesarias para tratar de combatir a sus captoras cuando estaba en condiciones tan inequitativas: ellas siendo dos personas armadas y ella sólo una que además estaba inmovilizada. Por tanto su estrategia era simplemente no resistirse para que se fueran tan pronto como fuera posible y luego tratar de escapar y buscar refuerzos, lo cierto es que en la comisaría pasaría otra hora antes de que se preguntaran donde estaba y tal vez la empezarían a buscar unos 15 minutos después de esto. Después de todo escoltar a una prisionera a una revisión médica era algo rutinario y nadie esperaba que algo saliera mal, dado que la pequeña ciudad tenía una fuerza policiaca modesta ella estaba sola y si no avisaba por el radio de la patrulla de un problema, así permanecería.
Tras terminar con la enfermera la criminal se acercó a ella, y sin ceremonias la empujo para que se sentara y le empezó a quitar los zapatos y calcetines, luego le desabrochó el pantalón y empezó a bajárselo, momento en que la oficial comenzó a resistirse.
-No te atrevas -dijo, tratando de sonar imperativa- pero la criminal no sólo tenía la absoluta ventaja de tenerla encadenada, también tenía experiencia con muchas víctimas que se resistían así que pronto la dejó en calzones.
La ladrona tomó las esposas que Paulina había traído de casa y las usó en los tobillos de la policía, luego la amordazó y vendó de los ojos de la misma manera que había hecho con Dulce dejándola sometida, sin embargo no se contentó con eso, y tomando más cuerdas unió los dos pares de esposas dejando a la oficial en una posición de hogtie, el cual ajustó lo más posible hasta que las manos de la policía alcanzaban sus pies.
-Sabes, no aprecio que me hallan arrestado y tengo ganas de una pequeña ventaja, y dado que tú eres la única policía aquí te tocará pagar por todos tus compañeros y por el tiempo que me tuvieron enjaulada.
Dicho esto se puso a desabotonar la camisa de Inés quien se quejó tras su mordaza; ignorándola la ladrona descubrió su sostén azul oscuro, pero no satisfecha con esto soltó los tirantes de éste y descubrió los grandes pechos de la oficial, quien seguía gritando indignada. La ladrona la ignoró y la manoseó hasta que sus pezones le mostraron que estaba bien estimulada, y entonces la dejó sola. Viendo a Paulina sonrió y sin apenarse se quitó el uniforme naranja frente a ella, mostrándole un cuerpo que cautivaría a cualquiera, luego se vistió con los pantalones de la policía y con la blusa de la enfermera, viéndose en un espejo quedó satisfecha y volteando le ordenó a Paulina que se fueran.
Las dos mujeres salieron dejando detrás a las dos chicas atadas que tendrían que esperar en silencio a que alguien las encontrara.

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